Recuerdo a ese verano como el único tiempo en que fui verdaderamente feliz. Era una felicidad constante, sin matices. Y ella era el centro de todo. Y ese mar de olas salvajes que nos arastraba lejos, e inconcientes del peligro nadábamos riéndonos de la cobardía de aquellos que se mojaban los pies en la orilla. Por la mañana, muy temprano, juntábamos caracoles. Ella siempre encontraba los mejores, esos verdaderos caracoles que llevan el sonido del mar adentro. Con los otros, hacíamos collares. El tintineo me hacía sentir una señora, y deseaba pintarme las uñas de rojo y usar bikini y que un hombre de bigotes me abrazara. Veía parejas todo el tiempo en la playa y pensaba que crecer era eso, el amor de un hombre de bigotes